miércoles, 9 de agosto de 2017


Estos tiempos inestables que nos impone el poder de las grandes familias transnacionales nos obligan a trabajar siempre en dos sentidos: el de la creación, diseño y construcción del pensamiento, así como su experimentación para crear la cultura de lo colectivo, de la participación protagónica tangible, no demagógica, la de los hechos cotidianos desde el cuerpo social; y el estar permanentemente alerta en las trincheras de lo por morir, porque el humanismo en su proceso de autodestrucción, y fundamentalmente su aparato de guerra y producción (el capitalismo), están en alto grado de criminalidad.

En cada uno de ellos a veces se confunden las acciones. Muchas veces al confundirnos deseamos soluciones mágicas, pero no es en ese ámbito en donde están las soluciones sino en el pensar y accionar colectivo, y es aquí en donde no debemos perdernos aun cuando estemos demasiado confusos; las claves de la revolución así nos lo indican.

Esto nos obliga a centrarnos. Debemos crear los elementos comunicacionales permanentes que aún dentro de la inestabilidad nos permitan estar comunicados e informados de cada paso que debemos dar. Eso pasa por desprendernos de los diferentes pegostes ideológicos, métodos, dogmas, panfletos, en los que nos acostumbraron a mirarnos, porque debemos saber que no es lo mismo un pueblo en tiempo de capitalismo que un pueblo en tiempo de revolución, aún dentro del capitalismo, y esa es la contradicción que debemos vivir.

En revolución hay otra mirada, otra voz, otro andar y otro hacer que no pueden ser analizados con los viejos periscopios, los antiguos microscopios o telescopios, y mucho menos con los oráculos y los artilugios mágicos-religiosos de la prehistoria de la política y la academia, con los que permanentemente nos bombardearon desde la derecha y la izquierda. Para leer a Mao, Marx, Lenin, o estar de acuerdo con ellos, con Chávez, Maduro y Diosdado, no es necesario pertenecer a ningún brazo del capitalismo. Por el contrario: mientras más fresco el cerebro, mejor la comprensión.

No es el tiempo de izquierdas y derechas ya en proceso de cadáver (que juegan al chantaje más que a la propuesta creativa, necesaria y radical). Es el tiempo y el espacio fresco para el accionar colectivo de nosotros como pueblo. Es el tiempo de la otra filosofía. El temor nos lleva a protegernos como cuerpos del capitalismo y nos niega la hermosa aventura que debemos emprender hacia los adentros de nosotros como pueblo: la creación del trabajo y el poema colectivo, la siembra en el territorio, para conocernos, para ser nosotros, nombrándonos, mirándonos, abrazándonos en la comida, la casa, los patios, las siembras, en la juntura de la pequeña lumbre de las noches y el abrasante deslumbre de los días, sabiéndonos lluvia y luna y piedra y río y mar y montaña, para nunca más ambicionar desde la nada, un partir solo, añorando siempre la compañía perdida de los juntos.

El concepto de la otra cultura en el aspecto comunicacional nos invita juntos a crear parámetros que sirvan de guía para encontrarnos y realizar voces y tejidos a partir de allí. La idea es que pudiéramos conversar e insistir en que no estamos en un tiempo de tranquilidad sino que estamos en un tiempo de inestabilidad que se hará permanente (hasta que la lucha de clases se diluya históricamente).

No sabemos qué cantidad de tiempo, si de años, meses, décadas. Lo que nos indica aprender a trabajar en ese marco. El espasmo, los apuros, los para-ayer no sirven, por el simple hecho de que nos devuelve al lenguaje poderoso de los dueños. La propaganda de un pueblo, para comprenderse, no puede estar en manos de expertos ni de agencias de publicidad.

Aquí bien vale aplicar parafraseando el viejo dicho: "La comunicación es demasiado seria como para dejarla en manos de profesionales de la información". Por tanto debe abrirse una conversa (y tiene que ser financiada por el Estado, quien ahora administra una parte importante de la plusvalía que no se están robando los capitalistas y fluye hacia nosotros por distintas vías) entre los juntos para que diseñemos el otro método, la otra política, que nos coloque en el sitio en donde decidamos construirnos como pueblo fuera del capitalismo.

Esta conversa, que debe abarcar todos los ámbitos de la sociedad, no se puede seguir sosteniendo en los espasmódicos encuentros de tres días o una semana en donde sólo se sacan conclusiones apresuradas sin ningún tipo de reflexión, sino que ya vienen cocinadas y aprendidas en los viejos modelos de los manifiestos o documentos de corta y pega, aliñados con los complacientes panfletos y clichés de siempre, que un grupo de acomodados y oxidados cerebros desean escuchar para no hacer, en donde además todo el mundo se cuida de criticar y ser criticado en sus conceptos, aunque se caigan a coñazos por los reales o las prebendas o cargos o curules.

Para la realización de estas conversas se debe tomar en cuenta a los todos, y para ello se debe crear un modelo organizativo fresco, no burocrático, ágil, que desaparezca ya logrado el objetivo.

Y ello debe ocurrir en medio de una guerra que no la queríamos, que no la hemos deseado, pero en la que debemos trabajar, en la que hay que funcionar (como cuerpo colectivo o hacia lo colectivo).

Hay que aprender a ver los trapos rojos, empezar a ver detrás del telón, buscar tras la bambalina cuál es el problema real que nos está mostrando la revolución. Saber movernos entre la trinchera y lo por construir, no dejarnos engañar con los viejos esquemas y la modorra tecnoburocrática propios del capitalismo, que por razones de su poder educativo vive reproduciendo a estos parásitos que en su labor y ambición entorpecen los flujos revolucionarios, pero como pertenecen a un sector social ilusoriamente en ascenso y además conocen al dedillo todos los dogmas, consignas y panfletos; en el marco revolucionario se cuelan en los cargos importantes y medios, creando trancas con sus vicios y ambiciones, propio de quien sólo quiere morir y no crear historia. Son las propias caramas en la revolución, sin saber que atentan contra sí mismos.

Ese considerar al Estado como el protector, el entregador de dádivas, el asistencialista, no nos resulta en absoluto, no nos resuelve ningún problema, por el contrario, los agrava. Es como el pan para hoy, hambre para mañana. Tirarle piedras y culpar al Estado permanentemente de nuestros problemas y condenarlo (incluso sin percatamos de que muchos de nosotros somos funcionarios del Gobierno y atentamos contra nosotros mismos, condenando al Gobierno que nos hizo funcionarios o que en medio de la revolución siendo fichas del pasado nos mantiene en el cargo) nos amarra en la búsqueda de la solución mágica.

No mirar qué está detrás de todo eso, no averiguar el problema. Es como el que condena al consumidor de marihuana, cocaína o bazuco, o de Coca-Cola o de Pepsi-Cola, o Polar, o Santa Teresa, sin tomar en cuenta el gran negocio que eso significa para estos productores de drogas. En ese temer no miramos cómo se mueve el capital detrás de cada pequeño o gran negocio.

Estamos como clase obligados a ver más allá de donde nos acostumbraron, a ver más allá de las creencias, estamos urgidos del análisis de la realidad, y para ello debemos inventar los mecanismos para sustituir esta realidad conceptual de la lucha de clases y crear otra cultura. Nosotros no podemos seguir bajo la égida de un concepto que nos dominó desde el nacimiento de nosotros como clase hasta este momento. Y estamos obligados a ser radicales en el pensamiento y audaces en la aplicación de ese pensamiento.

Por primera vez en la historia los pobres tenemos la posibilidad, la opción, si así lo queremos, de crear pensamiento. A nosotros se nos hace bastante difícil plantearnos el problema, porque cuando se habla de pensamiento o filosofía nadie se imagina al carpintero, al heladero, al herrero, al albañil, a la mujer que lava y plancha, al campesino, al pescador, al trabajador en general; eso no pasa por nuestros cerebros.

Esa posibilidad de que el pensamiento puede y debe ser cultivado en el seno de nosotros como pueblo nos ha sido negada por la creencia de que el pensamiento pertenece a un coto cerrado y controlado, que de vez en cuando suelta sus fluidos hacia nosotros, y ahí nos llega su suave brisa para guiarnos. En medio de una revolución debemos descubrir y percatarnos de que podemos pensar, y las circunstancias así lo permiten: no debemos tener miedo a pensar.

Lo que estamos obligados a pensar no tiene nada que ver con la cultura que hemos vivido hasta ahora, tiene que ver con dejar de ser los esclavos que somos. Porque de otra manera cualquier cosa que hagamos nos mantendrá como hasta ahora. Los esclavos que somos estamos obligados a dejar de serlo, y eso es, digamos, lo más importante que ocurre en el marco de una revolución. Porque así como el burgués busca perpetuarse en su poder, nosotros buscamos la forma de hacer desaparecer las condiciones que los hacen a ellos poderosos y a nosotros esclavos. Y eso lo tiene que obligar el pensamiento. Y a eso no hay que temerle.

No podemos seguir siendo el pedigüeño permanente. Que me den casa, que me den trabajo, que me den carro, que me den porque soy artista, que me den porque soy deportista, porque soy comunicador, porque soy político, porque tengo derecho, que me den porque soy mujer, porque soy negro, porque soy blanco, porque soy indio, porque soy endógeno, porque soy exógeno, que me den por ser todos los porque; ¡no señor!, ya es la hora de pensar y diseñar nuestra política, es el momento de la dignidad de la clase.

El esfuerzo está, la historia está, en abandonar definitivo al capitalismo; que la sangre, los sudores, las lágrimas de millones de pobres en este planeta sirvan de aliciente para saber qué debemos abandonar y qué construir para poder diseñar la cultura donde puedan vivir los sin dueños y los sin esclavos, los sin obreros y los sin patrones (en el que estas palabras devenidas de la guerra ya no tengan lengua, ni cuerpo que las sostenga). Ya es tiempo de sentirnos orgullosos de lo que estamos colectivamente haciendo, de saber que juntos, sin gremios o siglas a las que arrimarle las brasas, podemos y debemos construir un país.

Hoy estamos todos los pobres constituidos en fuerza revolucionaria y podemos decidir como fuerza colectiva, pero esa fuerza puede y debe constituirse en pensamiento, en conocimiento, para poder dejar la condición del esclavo que somos. Y eso se puede expresar en cada uno de los programas, de los periódicos, de los videos, de los micros, de las pinturas, de los dibujos que hacemos, de los poemas que escribimos, de los cuentos que relatamos, en cada una de las casas, de las sillas, de la tecnología que hagamos. Todo debe estar signado, atravesado, por ese pensamiento necesaria y obligatoriamente.

¿Que eso va a chocar con el pensamiento que somos, con la cultura que somos? Por supuesto que va a chocar. No le temamos a ese enfrentamiento. Pero no es verdad que el enfrentamiento está con el otro; está en nosotros. Y la única manera de asumirlo es colectivamente. No se puede asumir individualmente, como dice la literatura de autoayuda y toda esa bolsería religiosa. Sólo se puede asumir la tragedia de manera colectiva, sea para continuar en ella o para desaparecer en ella.

Eso hace que estemos aquí. Lo demás, nuestros egos, nuestras vanidades, querer producir el video del premio, el poema del premio, la canción del premio, eso es ego y vanidad que siguen existiendo en nosotros. Pero es parte de la batalla entre lo individual y la cultura de lo colectivo que en definitiva desaparecerá en el fragor de las contradicciones para dar paso a lo distinto. Cuando las cosas se aceleren no busquemos culpables, no digamos que lo dijimos antes, cada quien debe ser responsable de ese hecho colectivo que prefiguramos.

Cuando en estas conversas se nos propone crear, pensar otra cultura, nos cuesta una bola porque nos moldearon el cerebro desde la familia, la escuela, en todas las instituciones del arte, en todos los medios de publicidad. Se nos dijo que todo estaba hecho, que para qué pensar, que para qué realizar ese acto maravilloso de la creación de otra cultura si ya existe ésta, pero en medio de la revolución nos damos cuenta de que es posible y necesaria otra cultura; que incluso restablezca el conocimiento de que todo lo existente es colectivo, que lo individual como concepto atenta contra esa cultura de lo natural. Pero se nos hace como imposible, parece como si nos hubieran arrancado el cerebro, somos como zombis.

Eso debemos resolverlo colectivamente, porque los intelectuales, tanto de derecha como de izquierda, unos se dedican a defender el orden establecido y los segundos a criticar lo existente, y por eso ambos brazos cobran. Pero en ninguno de ellos está la posibilidad de pensar otra manera de vivir, porque para ellos el humanismo es la coronación de lo que somos; después de allí, lo demás es monte y culebra, riesgo innecesario, y no dejan de tener razón en su comodidad que no se puede desestabilizar y en su sabiduría que no se puede cuestionar. Pero los pobres necesitamos abrir el telón y ver lo que está ahí.

Saber de eso, así nos dé miedo y arrechera; después hay que empezar a quitar caretas, más allá de caernos a mojones, de decir que sabemos cómo va a ser la otra sociedad. El descubrir qué somos y por qué somos: eso nos ayuda porque nos desnuda y nos beneficia para asumir lo que somos y lo que podemos proponer. La oportunidad es histórica, no hay otra tarea. La ilusión y la tradición nos mantendrán esclavos.

Quienes honestamente creemos que Maduro debe hacerlo de otra forma debemos pensar serenamente en lo que hacemos cotidianamente y nos daremos cuenta de que sólo se equivoca quien hace, y en una revolución somos sospechosos los que nunca nos equivocamos, los que creemos que mañana todo debe ser solucionado.

Lo mejor para la clase es seguir arrimando la brasa para el mismo sartén. Las cuentas son simples: o nos cuesta mucho entender que los dueños del mundo se la tienen jurada al directorio del cambio; que los burgueses, si fallamos en la no construcción de la otra cultura, ejercerán la venganza no sólo contra quienes hoy critican a Maduro y al directorio sino que será contra toda la clase, porque la burguesía no perdonará jamás el atrevimiento de nosotros como pueblo; y si alguien quiere saber de tragedias regístrele la historia al pobre para que sepa por qué estamos resteados con la decisión del Comandante Chávez de proponer a Maduro como el continuador y guía de este proceso.

No debemos equivocarnos. Obstinadamente debemos pensar como clase.

Por: El CAYAPO

Fuente: misionverdad.com

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